Los de dentro y los de fuera
Extraído de Ética práctica, 2a edición, Cambridge, 1995

El refugio

Estamos en febrero del año 2002, y el mundo está haciendo inventario del daño causado por una guerra nuclear en Oriente Próximo hacia finales del pasado año. El nivel global de radioactividad en la actualidad y durante los próximos ocho años es tan alto que sólo las personas que viven en refugios atómicos pueden confiar en sobrevivir con un estado de salud aceptable. Para el resto, que se ven obligados a respirar aire sin filtrar y consumir agua y alimento con altos niveles de radiación, las perspectivas son sombrías. Hay probabilidades de que un 10 por ciento muera a causa del síndrome por radiación aguda en el plazo de dos meses; se espera que otro 30 por ciento desarrolle algún tipo de cáncer mortal en los próximos cinco años; incluso el resto sufrirá la aparición de cáncer en una proporción diez veces superior a la normal, mientras que el riesgo de tener hijos con malformaciones es cincuenta veces mayor que antes de la guerra.

Los afortunados, por supuesto, son los que fueron lo suficientemente precavidos como para comprar una participación en los refugios nucleares construidos por los especuladores inmobiliarios cuando la tensión internacional comenzó a subir a finales de la década de los noventa. La mayoría de estos refugios fueron diseñados como pueblos subterráneos, cada uno de los cuales podía alojar a 10.000 personas y satisfacer sus necesidades durante veinte años. Los pueblos tienen autogobierno y cuentan con constituciones democráticas que fueron aprobadas con antelación. También cuentan con sofisticados sistemas de seguridad que les permiten dejar entrar en el refugio a cualquier persona que elijan, dejando fuera al resto.

Naturalmente, los miembros de una comunidad llamada Puerto Seguro han recibido con gran alegría la noticia de que no será necesario que permanezcan en los refugios mucho más de ocho años. Sin embargo, la noticia también ha provocado las primeras fricciones serias entre ellos, ya que en la entrada que conduce hasta el pueblo, hay miles de personas que no invirtieron en un refugio. Se puede ver y oír a estas personas, a través de cámaras de televisión instaladas en la entrada. Suplican que les dejen entrar ya que saben que si pueden entrar en un refugio con rapidez, conseguirán escapar a la mayoría de las consecuencias causadas por la exposición a la radiación. Al principio, antes de que se supiera cuánto tiempo hacía falta permanecer en el refugio, estos ruegos contaban con muy escaso apoyo dentro del refugio. Sin embargo, ahora, las razones para admitir al menos a algunos tienen mucho más peso. Al tener que durar sólo ocho años, las provisiones podrán mantener a más del doble de la población actual del refugio. El alojamiento presenta problemas sólo ligeramente mayores: Puerto Seguro fue diseñado para funcionar como un retiro de lujo en caso de no tener que ser usado en una emergencia real, y estaba equipado con pistas de tenis, piscinas, y un gran gimnasio. Si todos estuviesen de acuerdo en mantenerse en forma haciendo aeróbic en el salón de su casa, sería posible proporcionar un espacio adecuado para dormir, aunque algo primitivo, para todos a los que se puede alimentar repartiendo las provisiones.

Por lo tanto, los que se encuentran en el exterior ahora sí cuentan con partidarios en el interior. Los más extremistas, a los que sus opositores denominan "corazones sensibles", proponen que el refugio admita a otras diez mil personas, tantas como sea razonablemente posible alimentar y alojar hasta que sea seguro salir, lo cual significaría abandonar todo lujo en cuanto a la comida y las instalaciones; sin embargo, los Corazones Sensibles indican que el destino de los que se queden fuera será mucho peor.

A los Corazones Sensibles, se oponen algunos que preconizan que los de fuera son normalmente personas de una clase inferior, ya que, o no fueron lo suficientemente previsores, o no eran lo suficientemente ricos, para invertir en un refugio; por esta razón añaden que provocarán problemas sociales en el refugio, suponiendo una carga adicional para los servicios educativos, sociales y sanitarios y contribuyendo a un aumento del número de delitos y de la delincuencia juvenil. Hay otro pequeño grupo que apoya a los que se oponen a la entrada de los de fuera, para quienes sería una injusticia para los que han pagado su participación en el refugio que otros que no han pagado se beneficien de su uso. Los opositores a la entrada son pocos, pero bien articulados; sin embargo, cuentan con mucho apoyo por parte de numerosas personas que sólo señalan que les gusta mucho jugar al tenis y nadar y no quieren dejar de hacerlo.

Entre los Corazones Sensibles y los que se oponen a dejar entrar a nadie de fuera, se encuentra un grupo moderado: los que piensan que, como acto excepcional de caridad y benevolencia, podría dejarse entrar a algunos, pero no a tantos como para que la calidad de vida del refugio cambie de forma significativa. Proponen convertir una cuarta parte de las pistas de tenis en dormitorios, y ceder un pequeño espacio público abierto que de todas formas no ha tenido mucho uso. Con estas medidas, se podría alojar a otras 500 personas, lo que para estos autodenominados "moderados" sería una cifra sensata, suficiente para demostrar que Puerto Seguro no es insensible a las desgracias de los que son menos afortunados que sus propios habitantes.

Se celebra un referéndum y hay tres propuestas: dejar entrar a 10.000; dejar entrar a 500 y no dejar entrar a nadie. ¿Por cuál de ellas votarías?

El mundo real

Al igual que el tema de la ayuda exterior, la situación actual de los refugiados plantea una cuestión ética sobre los límites de nuestra comunidad moral, no en razón de la especie, el nivel de desarrollo, o la capacidad intelectual, sino en razón de la nacionalidad. La mayor parte de los aproximadamente 15 millones de refugiados que hay actualmente en el mundo, viven acogidos, al menos temporalmente, en los países menos desarrollados y más pobres del mundo. Más de 12 millones de refugiados se encuentran en los países menos desarrollados de África, Asia y América Latina. El efecto de la llegada de millones de refugiados sobre un país pobre se puede apreciar a partir de la experiencia sufrida por Pakistán durante los años ochenta, cuando fue hogar de 2,8 millones de refugiados afganos, que vivían mayoritariamente en la provincia fronteriza del noroeste. Aunque Pakistán sí obtuvo alguna ayuda exterior para alimentar a estos refugiados, alrededor de los asentamientos de éstos se podían observar fácilmente los efectos de tener que soportar la carga de la población refugiada durante siete años: se talaron montañas enteras para conseguir madera que les sirviera de combustible.

según el artículo 14 de la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948, "En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país". El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados se estableció en 1950 y al Comisario se le encomendó la protección de toda persona que se encuentre fuera del país de su nacionalidad debido a un temor bien fundado de persecución en función de raza, religión, nacionalidad u opinión política, y que no desee o no pueda valerse de la protección de su propio gobierno. Originalmente esta definición fue diseñada para solucionar los desplazamientos causados por la Segunda Guerra Mundial en Europa. Es bastante limitada, y obliga a que las solicitudes para obtener la condición de refugiado sean investigadas caso a caso. No ha logrado abarcar los movimientos de personas a gran escala que han tenido lugar desde entonces en tiempos de guerra, hambre, o disturbios civiles.

Normalmente se culpa a las víctimas a la hora de justificar las respuestas poco generosas a los refugiados. La distinción entre "refugiados reales" y "refugiados económicos", y la afirmación de que éstos últimos no deberían recibir ningún tipo de ayuda se han convertido en práctica común. Esta distinción es muy dudosa, ya que la mayoría de los refugiados sale de su país con gran riesgo y peligro para su vida: cruzan mares en barcos que hacen agua, sometidos al ataque de los piratas, o hacen largos viajes a través de fronteras armadas, para llegar con lo puesto a los campos de refugiados. La distinción entre alguien que huye de la persecución política y alguien que huye de una tierra inhabitable debido a una sequía prolongada tiene difícil justificación cuando ambos tienen la misma necesidad de refugio. La ONU, que no calificaría a éstos últimos como refugiados, resuelve con su propia definición el problema.

¿Cuáles son las posibles soluciones duraderas para los refugiados en el mundo actual? Las principales opciones existentes son: la repatriación voluntaria, la integración local en el país al que escapan en primer lugar, y el reasentamiento.

Probablemente la solución más humana y mejor para los refugiados sería devolverlos a su país. Desgraciadamente para la mayoría, la repatriación voluntaria no es posible porque las condiciones que les obligaron a huir no han cambiado lo suficiente. El asentamiento local, en el que los refugiados pueden permanecer y reconstruir su vida en los países vecinos, a menudo es imposible debido a la incapacidad de los países pobres, políticamente inestables y económicamente desvalidos, para absorber a una nueva población, cuando sus propios habitantes tienen que hacer frente a una lucha diaria por sobrevivir. Esta opción funciona mejor en los casos en los que los vínculos tribales y étnicos atraviesan las fronteras nacionales.

La dificultad de lograr bien la repatriación voluntaria bien el asentamiento local hace que la única opción disponible sea el reasentamiento en un país más remoto. La principal respuesta de los países industrializados ha sido instituir medidas de disuasión y cerrar sus puertas lo máximo posible ante la dimensión, nunca antes conocida, alcanzada por el número de refugiados que necesita reasentamiento. Cierto es que el reasentamiento nunca podrá resolver el problema que obliga a los refugiados a abandonar su país. Tampoco constituye, en sí, una solución para el problema de los refugiados en el mundo. Solamente un 2 por ciento de los refugiados del mundo encuentran un reasentamiento permanente. De cualquier manera, la opción del reasentamiento es importante, proporciona una vida sustancialmente mejor para un número considerable de individuos, aunque no se trate de una gran proporción del número total de refugiados.

La política de los países que sirven de primer refugio también se ve afectada por el reasentamiento. Si estos países no tienen esperanzas de que estos refugiados sean reasentados, saben que cada refugiado que entra en el país hace aumentar la carga que soportan. Y los países que son primer refugio se encuentran entre los que menos posibilidades tienen de mantener a más personas. Cuando se estrecha la opción del reasentamiento, los países de primer refugio adoptan medidas para tratar de convencer a los refugiados potenciales para que no dejen su país. Estas medidas incluyen devolverlos en las fronteras, hacer que los campamentos sean lo menos atractivos posible, y seleccionar a los refugiados conforme cruzan la frontera.

El reasentamiento es la única solución para los que no pueden volver a su país en un futuro próximo y que solamente temporalmente son bien acogidos en el país al que han huido, en otras palabras para los que no tienen ningún sitio dónde ir. Millones de personas elegirían esta opción si hubiera países que les acogiesen. Para estos refugiados, el reasentamiento puede suponer la diferencia entre vivir o morir y, con certeza, constituye su única esperanza de tener una existencia decente.

El enfoque ex gratia

Existe una actitud ampliamente aceptada que dice que no tenemos ninguna obligación legal o moral de aceptar a refugiados de ningún tipo y que acoger a algunos es prueba de nuestro carácter generoso y humanitario. Esta postura, aunque popular, no es evidentemente acertada desde el punto de vista moral. De hecho, parece entrar en conflicto con otras actitudes que, a juzgar por lo que la gente dice, cuentan cuando menos con el mismo apoyo, y entre las que se incluyen la creencia en la igualdad de los seres humanos y el rechazo a los principios que discriminan en razón de raza u origen nacional.

Todos los países desarrollados protegen el bienestar de sus residentes de muchas formas: protegiendo sus derechos legales, educando a sus hijos, con el pago de prestaciones sociales y el acceso a la asistencia sanitaria, bien universal o para los que se encuentran por debajo de un nivel de pobreza determinado. Los refugiados, a menos que sean aceptados en el país, no reciben ninguno de estos beneficios y, dado que la inmensa mayoría no es aceptada, la inmensa mayoría no tendrá derecho a beneficiarse de estos servicios. Sin embargo ¿es éticamente defendible esta diferencia en el trato a los residentes y los no residentes?

Muy pocos filósofos morales han prestado atención al tema de los refugiados, aunque se trata claramente de una de los principales problemas morales de nuestros días y plantea cuestiones morales importantes relativas a quienes pertenecen a nuestra comunidad moral. Por ejemplo, veamos el libro del filósofo de Harvard John Rawls, A Theory of Justice, que ha sido uno de los tratados sobre la justicia más debatidos desde su publicación en 1971. Este volumen de 500 páginas trata exclusivamente de la justicia dentro de una sociedad, ignorando, de esta forma, todas las preguntas difíciles sobre los principios que deberían regir el modo en el que las sociedades ricas responden a las peticiones de los países pobres, o de los extranjeros necesitados.

Otro norteamericano, Michael Walzer, es uno de los pocos filósofos que ha planteado el tema. Su obra Spheres of Justice empieza con un capítulo titulado "La pertenencia y distribución" en el que se pregunta cómo está constituida la comunidad dentro de la cual tiene lugar esa distribución. A lo largo del capítulo, Walzer trata de justificar algo parecido a la situación actual con respecto a la política sobre los refugiados. La primera pregunta que trata de responder es: ¿tienen los países derecho a cerrar sus fronteras a los posibles inmigrantes? Su respuesta es afirmativa, porque si no se cierran, o se tiene al menos el poder para cerrar las fronteras si se desea, no pueden existir comunidades diferenciadas.

Dado que la decisión de cerrar las fronteras se puede tomar con todo derecho, Walzer pasa a considerar la forma en que esta decisión se debería ejercitar. Compara la comunidad política con un club, y con una familia. Los clubes son ejemplos del enfoque ex gratia: "Los individuos pueden dar buenas razones sobre por qué deberían ser seleccionados, pero nadie que se encuentre fuera tiene derecho a estar dentro". Sin embargo, Walzer considera imperfecta esta analogía porque los estados son también en parte como las familias. Se encuentran moralmente obligados a abrir las puertas de su país, no quizás a cualquiera que desee entrar, sino a un grupo particular de extranjeros, reconocidos como "familiares" étnicos o nacionales. Walzer, de este modo, utiliza la analogía de una familia para justificar el principio de la reunión familiar como base para la política de inmigración.

Sin embargo, por lo que respecta a los refugiados esto no es de gran ayuda. ¿Tiene una comunidad política derecho a excluir a hombres y mujeres desahuciadas, perseguidas y apátridas simplemente porque son extranjeros? Según Walzer, la comunidad se encuentra obligada por un principio de ayuda mutua y hace notar, con razón, que este principio puede tener efectos más amplios cuando se aplica a una comunidad que cuando se aplica a un individuo, ya que hay muchas acciones benévolas posibles para una comunidad que sólo marginalmente afectan a sus miembros.

Aceptar a un extraño en nuestra familia es algo que podemos considerar va más allá de los requisitos de la ayuda mutua; sin embargo, aceptar a un extranjero, o incluso a muchos extranjeros, en una comunidad constituye una carga muchísimo más ligera.

En opinión de Walzer, una nación con grandes cantidades de terreno sin ocupar (él pone Australia como ejemplo, por suposición mas que por análisis de los recursos de agua y suelo en Australia) puede tener realmente la obligación de ayuda mutua y de acoger a personas de zonas del sureste asiático densamente pobladas que sufren hambre. La elección para la comunidad australiana sería abandonar la homogeneidad que poseyera su sociedad, o retirarse a una pequeña parte del territorio que ocupaban, dejando el resto para los que lo necesitan.

Aunque sin aceptar ninguna obligación general por parte de los países ricos para admitir refugiados, Walzer sí que apoya el popular principio de asilo. De acuerdo con este principio, todo refugiado que logra alcanzar las costas de otro país puede reclamar asilo y no puede ser deportado a un país en el que puede sufrir persecución en razón de raza, religión, nacionalidad, o ideas políticas. Es interesante ver que este principio es ampliamente apoyado, mientras que la obligación de acoger refugiados no lo es. La diferencia entre los dos puede reflejar algunos de los principios discutidos en capítulos anteriores de este libro. El principio de proximidad tiene una importancia clara: la persona que pide asilo se encuentra físicamente más cerca de nosotros que las que están en otros países. Es posible que el apoyo más sólido en favor del asilo se halle en parte en la diferencia entre un acto (deportar a un refugiado que ha llegado ya) y una omisión (no ofrecer sitio para un refugiado que se encuentra en un campamento lejano). Igualmente podría ser un ejemplo de la diferencia entre hacer algo por un individuo identificable, y hacer algo que sabemos tendrá el mismo efecto para alguien, pero sin embargo nunca podremos decir a quién afectó. Otro factor es probablemente el número relativamente pequeño de personas que realmente consiguen llegar y pedir asilo, en contraste con el número mucho mayor de refugiados de los que tenemos constancia, aunque se encuentren lejos de nosotros. Éste es el argumento de Ia gota en el océano" que se discutió cuando se trató el tema de la ayuda exterior. Quizás podamos acoger a todos los que piden asilo, pero por muchos refugiados que se acojan, el problema seguirá existiendo. Al igual que ocurría con el argumento paralelo en contra de la ayuda exterior, éste pasa por alto el hecho de que al acoger refugiados, permitimos que unos individuos determinados lleven una vida decente y de esta forma hacemos algo que merece la pena, independientemente del número de refugiados a los que no podemos ayudar.

Los gobiernos moderadamente liberales, dispuestos a prestar atención al menos a algunos sentimientos humanitarios, actúan de una manera muy parecida a la que sugiere Walzer. Mantienen que las comunidades tienen derecho a decidir a quién acogerán; las peticiones de reunión familiar tienen prioridad, y a continuación las de los extranjeros pertenecientes al grupo étnico nacional, si es que el estado tiene una identidad étnica. La admisión de los que están necesitados es un acto ex gratia. Normalmente, si los números son relativamente reducidos, el derecho de asilo se respeta. Los refugiados, a menos que puedan apelar a algún sentido especial de afinidad política, no pueden realmente reivindicar que se les acoja, y tienen que ponerse en manos de la caridad del país receptor. Todo esto está generalmente de acuerdo con la política de inmigración de las democracias occidentales. En lo que respecta a los refugiados, el enfoque ex gratia es la ortodoxia vigente.

La falacia del enfoque vigente

La ortodoxia vigente descansa en supuestos vagos y normalmente no argumentados sobre el derecho de la comunidad a determinar quiénes pueden pertenecer a ella. Un consecuencialista sostendría, en su lugar, que la política de inmigración debería basarse directamente en los intereses de todos los afectados. En aquellos casos en los que los diferentes intereses entran en conflicto, deberíamos dar igual consideración a todos, lo cual implicaría que los intereses más fundamentales, o más acuciantes, tendrían prioridad sobre los menos fundamentales. El primer paso a la hora de aplicar el principio de igual consideración de intereses es identificar a aquellos cuyos intereses se ven afectados. El primer grupo, y el más evidente de todos, es el de los refugiados. Sus intereses más fundamentales y más acuciantes se encuentran, claramente, en juego; la vida en un campo de refugiados tiene pocas expectativas aparte de la mera subsistencia, y a veces apenas ni eso. A continuación se encuentra la impresión de un observador de un campamento en la frontera entre Tailandia y Camboya en 1986. En ese momento el campamento acogía a 144.000 personas:

La visita de un extranjero provoca una ola de excitación. Se reúnen alrededor y preguntan con ansiedad sobre los progresos de su caso de reasentamiento, o comparten su gran desesperación ante los continuos rechazos de los organismos de selección de los distintos países que aceptan refugiados ... Lloran al hablar, la mayoría tiene un aire de resignada desesperación ... El día de la distribución de arroz, miles de muchachas y mujeres se apiñan en la zona de distribución, para recibir las raciones semanales de la familia. Desde la torre de observación de bambú el suelo parece un mar revuelto de cabellos morenos y sacos de arroz sobre la cabeza, de vuelta a casa. Un pueblo orgulloso, principalmente de agricultores, obligados a depender de las raciones de agua, pescado en conserva y arroz de la ONU para sobrevivir.

La mayoría de ellos no espera ningún cambio significativo en sus vidas en muchos años. Sin embargo, yo, junto al resto de los de fuera, podía subirme a un coche y salir del campamento, volver a Taphraya o Aran, beberme un vaso de agua fría, comerme un plato de arroz o de fideos en el restaurante de carretera cercano, y observar la vida pasar. Esos momentos tan simples de la vida estaban llenos de una libertad que nunca antes había valorado tanto.

Al mismo tiempo, los refugiados acogidos en otro país tiene buenas posibilidades de establecerse y llevar una vida tan satisfactoria y plena como la mayor parte de nosotros. A veces, el interés que tienen los refugiados en ser aceptados es tan básico como el propio interés vital. En otros casos, es posible que no se trate de una situación de vida o muerte, pero aún así afectará profundamente el curso de la vida de una persona.

El siguiente grupo más afectado es el de los residentes del país de acogida. Se verán afectados de distinta forma, dependiendo del número de refugiados acogidos, cómo se integran en la comunidad, la situación actual de la economía nacional, etcétera. Algunos residentes se verán más afectados que otros: algunos se encontrarán con que tendrán que competir con los refugiados para lograr un trabajo, y otros no; algunos vivirán en un barrio con una alta población de refugiados, y otros no; esta lista podría seguir indefinidamente.

No deberíamos suponer que los residentes del país receptor se verán afectados negativamente: la economía puede recibir un empuje debido al gran número de refugiados, y muchos residentes encontrarán nuevas oportunidades comerciales para satisfacer las necesidades de los refugiados. Otros disfrutarán del ambiente más cosmopolita creado por la llegada de personas de otros países: las tiendas y restaurantes exóticos que aparecen, y a largo plazo, los beneficios de diferentes ideas y formas de vivir. Se podría argumentar que los refugiados constituyen de muchas maneras los mejores inmigrantes: no tienen ningún otro sitio donde ir y tienen que comprometerse totalmente con su nuevo país, a diferencia de los inmigrantes que pueden volver a su país de origen cuando lo deseen. El hecho de que hayan sobrevivido y escapado a las dificultades indica que tendrán vigor, iniciativa y recursos que serán de gran ventaja para el país receptor. Así algunos grupos de refugiados, por ejemplo los indochinos, mostraron una gran actividad empresarial cuando fueron acogidos en países como Australia o los Estados Unidos.

También hay otras consecuencias posibles y más difusas sobre las que al menos tenemos que recapacitar. Por ejemplo, se ha argumentado que acoger en un país rico a un gran número de refugiados de países pobres simplemente fomentará el flujo de refugiados en el futuro. Si los países pobres y superpoblados se pueden deshacer de los habitantes que les sobran en otros países, tendrán pocos incentivos para hacer algo que solucione las causas reales de la pobreza de su pueblo, y para disminuir el crecimiento de la población. Esto podría tener como resultado el mismo nivel de sufrimiento que si los refugiados no hubiesen sido admitidos en primer lugar.

Hay también consecuencias que surgen por no acoger a un número significativo de refugiados. La estabilidad económica y la paz mundial dependen de una cooperación internacional basada en algún tipo de respeto y confianza; sin embargo, los países ricos en recursos y no superpoblados del mundo no podrán esperar ganarse el respeto o la confianza de los países pobres superpoblados si les dejan para que hagan frente como puedan al problema de los refugiados.

Por lo tanto, hay que tener en cuenta una compleja mezcla de intereses, algunos definidos, algunos altamente especulativos. Hay que dar igual peso a iguales intereses, pero ¿hacia dónde se inclina la balanza? Consideremos una nación razonablemente rica que no se encuentra demasiado poblada, como por ejemplo Australia (tomo el ejemplo de Australia simplemente porque estoy familiarizado con el país; con pequeñas modificaciones, se podría sustituir por otros países ricos). A principios de los noventa, Australia acoge a unos 12.000 refugiados al año, en un momento en el que hay varios millones de refugiados en campos alrededor del mundo, muchos de los cuales no tienen ninguna esperanza de volver a su país y quieren ser acogidos en un país como Australia. Ahora bien, imaginemos que Australia decidiese aceptar al doble de refugiados cada año de lo que viene haciendo. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias seguras de esta decisión, y cuáles son las consecuencias posibles?

La primera consecuencia segura sería que cada año 12.000 refugiados más saldrían de un campo de refugiados y se establecerían en Australia, donde pueden esperar, después de unos cuantos años de esfuerzo, participar del bienestar material, de los derechos civiles, y de la estabilidad política de ese país. Por lo tanto, 12.000 personas estarían muchísimo mejor.

La segunda consecuencia segura sería que Australia tendría 12.000 nuevos inmigrantes cada año, y que estos inmigrantes adicionales no habrían sido elegidos por poseer unos conocimientos necesarios para la economía australiana. Por lo tanto, supondrían una carga adicional para la seguridad social. Algunos residentes antiguos pueden sentirse desconcertados ante los cambios que tienen lugar en su vecindario, con la llegada de un alto número de personas de una cultura muy diferente. Un mayor número de refugiados tendría algún tipo de impacto en los servicios iniciales después de su llegada como podría ser proporcionar clases de inglés, alojamiento durante los primeros meses, formación profesional y conseguirles un trabajo. Sin embargo, las diferencias serían pequeñas: después de todo, hace una década, Australia acogía a unos 22.000 refugiados al año. Esta llegada mayor no tuvo efectos adversos significativos.

Con esto, ponemos punto final a la consideración de las consecuencias seguras de un número de refugiados dos veces mayor, con respecto al impacto importante que puedan tener sobre los intereses de los demás. Nos podemos preguntar si el mayor número de refugiados llevará a la reaparición de sentimientos racistas en la comunidad. Podríamos debatir sobre el impacto en el medio ambiente australiano. Podemos sospechar que una mayor llegada de refugiados alentará a otros, en el país de origen, a convertirse en refugiados para mejorar su situación económica. O podríamos referirnos, con gran esperanza, a la contribución a la buena voluntad a nivel nacional que puede surgir del hecho de que un país como Australia alivie la carga que sufren países menos ricos al mantener a los refugiados. Pero todas estas consecuencias son bastante especulativas.

Consideremos el impacto ambiental de otros 12.000 refugiados. Es cierto que el medio ambiente sufrirá una mayor presión con un mayor número de personas, lo cual significa que el mayor número de refugiados acogidos será sólo un factor más en la larga lista de factores entre los que se encuentran la tasa de reproducción natural, el deseo del gobierno de aumentar las exportaciones favoreciendo una industria que se basa en convertir el bosque virgen en aserrín, la parcelación de tierras agrícolas para crear zonas pintorescas para construir chalets de vacaciones, el gran auge de popularidad de los vehículos todo terreno, el desarrollo de estaciones de esquí en zonas alpinas sensibles, el uso de botellas no retornables y de otros envases que aumentan los residuos .... la lista se podría prolongar indefinidamente.

Si, como comunidad, permitimos que esos otros factores ejerzan un impacto sobre el medio ambiente, a la vez que apelamos a la necesidad de proteger nuestro medio ambiente como una razón para limitar la llegada de refugiados a su nivel actual, de forma implícita damos menor importancia al interés de los refugiados en venir a Australia que al interés de nuestros conciudadanos en tener segundas residencias, en hacer ruido por el monte en vehículos todo terreno, en esquiar, y en tirar las botellas a la basura sin preocuparse de devolverlas para su reciclado. Moralmente, esta descompensación será, con toda seguridad, tan escandalosa, constituirá una violación tan flagrante del principio de igual consideración de intereses que confío en que baste con exponerla para que resulte imposible defenderla.

Los otros argumentos son todavía más problemáticos. Nadie puede decir con seguridad que doblar el número de refugiados que acoge Australia tendrá algún tipo de efecto sobre los que piensen abandonar su país; tampoco es posible predecir las consecuencias a nivel de relaciones internacionales. Con respecto al argumento similar que vincula la ayuda exterior con el aumento de población, en una situación en la que las consecuencias seguras de acoger a un mayor número de refugiados son positivas, estaría mal decidir en contra de una mayor acogida por motivos tan especulativos, sobre todo porque los factores especulativos apuntan en una dirección diferente.

Existen por lo tanto razones poderosas para que Australia doble el número de refugiados que acoge. Pero no había nada en este argumento que se basara en el nivel específico de refugiados acogidos en la actualidad por Australia. Si aceptamos el argumento, la consecuencia sería que Australia debería acoger no a otros 12.000, sino a 24.000 refugiados más al año. Pero en este punto el argumento parece ir demasiado lejos, porque también puede volver a aplicarse a esta nueva cifra: ¿debería acoger Australia a 48.000 refugiados? Podemos doblar y triplicar la cifra de todos los países desarrollados del mundo y, a pesar de todo, los campos de refugiados no se quedarían vacíos. De hecho, el número de refugiados que piden ser acogidos en los países desarrollados no es fijo, y probablemente haya algo de cierto en la opinión de que si se aceptase a todos los que se encuentran en campos actualmente, llegarían nuevos refugiados para ocupar su lugar. Dado que los intereses de los refugiados por establecerse en un país más próspero siempre serán más importantes que los intereses contrarios de los residentes de estos países, podría parecer que el principio de igual consideración de intereses apunta a un mundo en el que todos los países sigan aceptando refugiados hasta que alcancen el mismo nivel de pobreza y de superpoblación que aquellos países del tercer mundo que los refugiados quieren abandonar.

¿Es ésta una razón para rechaza la argumentación original? ¿Significa que seguir la argumentación original conduce a consecuencias que no podamos aceptar de ninguna manera y que, por lo tanto, debe haber algún punto débil en la argumentación que nos lleva a alcanzar una conclusión tan absurda? No necesariamente. El argumento que expusimos para doblar el número de refugiados que acoge Australia no implica realmente que el número doble de acogidos haya que volver a doblarlo, y volver a doblarlo, hasta el infinito. En algún punto de este proceso, quizás cuando el número de refugiados sea cuatro veces mayor que ahora, o quizás cuando sea 64 veces mayor que en la actualidad, las consecuencias adversas que actualmente sólo son especulaciones se conviertan en probabilidades o en certezas virtuales.

Llegará un momento en el que, por ejemplo, la comunidad residente haya eliminado todos los lujos que ponían en peligro la naturaleza, y aún así para satisfacer las necesidades de una población creciente se estaba presionando tanto sobre sistemas ecológicos frágiles que un mayor crecimiento supondría un daño irreparable. O es posible que haya un momento en el que se rompiese la tolerancia de una sociedad multicultural, debido al resentimiento entre la comunidad residente, cuyos miembros creerían que sus hijos no podrían conseguir trabajo debido a la competencia ejercida por unos recién llegados muy trabajadores; y esta pérdida de tolerancia puede alcanzar un punto tal que constituya un peligro grave para la paz y la seguridad de todos los refugiados e inmigrantes de diferentes culturas previamente aceptados. Cuando se alcance cualquiera de estas posibilidades, la balanza de intereses se habrá movido para mostrarse en este punto en contra de un mayor incremento del número de acogidos.

La cifra actual de refugiados acogidos puede aumentar dramáticamente antes de que se produzca alguna de las consecuencias mencionadas anteriormente; y para algunos puede que sea una consecuencia lo suficientemente inaceptable para defender el rechazo a nuestra línea de argumentación. Es cierto que cualquiera que tenga como punto de partida la suposición de que el status quo es más o menos correcto probablemente adoptará esta postura. Sin embargo, el status quo es el resultado de un sistema de egoísmo nacional y de conveniencia política, y no de un intento estudiado de establecer las obligaciones morales de los países desarrollados en un mundo con 15 millones de refugiados.

No sería difícil para los países del mundo desarrollado aunar esfuerzos para cumplir con sus obligaciones morales con respecto a los refugiados. No hay prueba objetiva que demuestre que doblar el número de refugiados que reciben causaría daños de ningún tipo. Las pruebas actuales, al igual que la experiencia pasada, apuntan en dirección contraria, sugiriendo que los países y su población actual probablemente se beneficiarían.

Sin embargo, los dirigentes dirán en voz alta: ¡lo moral no es igual a lo políticamente aceptable! Se trata de una excusa falsa para no hacer nada. Presidentes y primeros ministros, en muchos campos de la política, se muestran muy satisfechos de intentar convencer al electorado de lo que es mejor: la necesidad de apretarse el cinturón para equilibrar el presupuesto, o que no se beba a la hora de conducir. De la misma manera, podrían fácilmente aumentar gradualmente el número de refugiados, controlando los efectos del incremento mediante estudios rigurosos. De esta forma, cumplirían con sus obligaciones geopolíticas y morales y, al mismo tiempo, beneficiarían a sus propias comunidades.

Refugio y asilo

¿Cuál habría sido tu voto en el referéndum celebrado en Puerto Seguro en 1998? Creo que la mayoría de nosotros estaría dispuesta a sacrificar no sólo una cuarta parte, sino todas las pistas de tenis, para satisfacer las necesidades de los de fuera. Pero si hubieras votado por los Corazones Sensibles en esa situación, es difícil imaginar cómo es posible no estar de acuerdo con la conclusión de que las naciones ricas deberían acoger a muchísimos más refugiados de los que acogen actualmente. La situación de los refugiados no es mucho mejor que la de las personas que se encontraban fuera en peligro de radiación nuclear y, con toda seguridad, los lujos que tendríamos que sacrificar no serían mayores.


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