La solución del uno por ciento
La Nación, 1 de julio de 2002

En la actualidad, hay más de 1000 millones de personas cuyo poder adquisitivo, medido en sus respectivos países, es inferior al de un dólar en Estados Unidos. En 2000, las donaciones privadas norteamericanas para todo tipo de ayuda externa totalizaron unos cuatro dólares por persona, o sea, alrededor de 20 dólares por familia. Por intermedio del gobierno, los estadounidenses dieron otros 10 dólares por persona, o 50 por familia. En suma, 70 dólares por familia.

A raíz de la destrucción del World Trade Center, la Cruz Roja Norteamericana recibió tal cantidad de dinero que ni siquiera intentó analizar cuánta ayuda necesitaban los posibles beneficiarios. Trazó una línea imaginaria a través de Manhattan y ofreció a cuantos residían por debajo de ella el equivalente de tres meses de alquiler o, si eran propietarios, el de tres meses de amortización de hipoteca y expensas. Si se declaraban afectados por el derrumbe de las Torres Gemelas, también recibían dinero para comprar alimentos y pagar los servicios.

La mayoría de los que viven en esa área no eran desplazados ni evacuados. Los voluntarios de la Cruz Roja instalaron mesas en los vestíbulos de costosos edificios de departamentos donde residen analistas financieros, abogados y estrellas del rock, para informarlos acerca del ofrecimiento. Cuanto más alto era el alquiler, más dinero recibían. Los neoyorquinos que el 11 de septiembre de 2001 vivían en el Bajo Manhattan recibieron, en promedio, 5300 dólares por familia, fuera cual fuese su posición económica.

Metas ambiciosas

La diferencia entre 70 y 5300 dólares quizá sea un firme indicador de la importancia relativa que los norteamericanos otorgan a los intereses de sus conciudadanos, comparados con los de otros pueblos. La cifra incluso subestima la diferencia, por cuanto los norteamericanos que recibieron ese dinero, por lo general, lo necesitaban menos que los pueblos más pobres del mundo.

En la Cumbre del Milenio de la ONU, las naciones del mundo se comprometieron a perseguir un conjunto de objetivos, sobre todo el de reducir a la mitad, para 2015, la cifra mundial de pobres. Según estimaciones del Banco Mundial, alcanzar esas metas demandaría entre 40.000 y 60.000 millones de dólares adicionales por año. Hasta ahora, el dinero no ha aparecido.

Hablaron en aquel momento de metas "ambiciosas" pero, en realidad, son modestas. Para reducir a la mitad el número de personas que viven en la pobreza, sólo se necesita, a lo largo de quince años, tomar el 50 por ciento menos pobre de los pobres del mundo y elevarlos apenas por sobre la línea de pobreza. Esto dejaría a los 500 millones de nivel más bajo en la misma miseria espantosa que hoy padecen. Además, cada día de esos quince años, miles de niños morirán por causas relacionadas con la pobreza.

¿Cuánto costaría, por persona, recaudar los 40.000 ó 60.000 millones de dólares necesarios? En el mundo desarrollado hay unos 900 millones de habitantes, de los cuales 600 millones son adultos. Para alcanzar las Metas del Milenio, bastaría que cada adulto donase unos 100 dólares anuales en los próximos quince años. Para el que gane 27.500 dólares anuales (salario medio en el mundo desarrollado) eso equivale a menos del 0,4 por ciento de su ingreso anual, o sea, menos de un centavo de dólar por cada 2 dólares ganados.

Desde luego, no a todos los habitantes de países ricos les sobra dinero, una vez cubiertas sus necesidades básicas. Pero hay cientos de miles de ricos que viven en países pobres, y ellos también podrían donar. Por tanto, podríamos proponer que todo aquel cuyos ingresos excedan los gastos básicos de su familia aportara, como mínimo, el 0,4 por ciento de sus ingresos a organizaciones que prestan ayuda a los pobres del mundo. Probablemente, eso bastaría para alcanzar las Metas del Milenio.

Eliminar la pobreza

El uno por ciento sería una cifra simbólica más útil que el 0,4 por ciento. Sumada a los actuales niveles de ayuda estatal (que en todo el mundo, salvo en Dinamarca, está por debajo del uno por ciento del PBN y en Estados Unidos apenas si llega al 0,1 por ciento), tal vez se acercaría más a lo que costaría eliminar la pobreza en el mundo, en vez de reducirla a la mitad.

Tendemos a concebir la caridad como algo "moralmente optativo": está bien practicarla, pero abstenerse no es malo. Mientras no mate, mutile, robe, estafe, etcétera, a nadie, yo puedo ser un ciudadano moralmente virtuoso aunque derroche mi dinero y no dé un centavo para obras caritativas. Pero quienes poseen suficiente dinero para gastar en lujos y, aun así, no comparten con los pobres ni una fracción mínima de sus ingresos, deben asumir cierta responsabilidad por las muertes que podrían haber evitado. Deberíamos considerar en falta, desde el punto de vista moral, a quienes no satisfagan ni siquiera la pauta mínima del uno por ciento.

Quienes reflexionen acerca de sus obligaciones éticas decidirán, acertadamente, que deberían hacer algo más, pues, por mucho que hagamos, no todos darán tan siquiera el uno por ciento. En otros tiempos, exhorté a donar sumas mucho mayores. Pero si nos centramos en lo que podemos esperar de cada individuo, a fin de modificar nuestras pautas de modo tal que tengan una probabilidad realista de éxito, es defendible la propuesta de fijar una donación mínima del uno por ciento de los ingresos anuales para derrotar a la pobreza en el mundo.

No hace falta ningún heroísmo moral para donar esa suma. No darla es mostrarse indiferente a la persistencia de la miseria y de las muertes evitables relacionadas con ella.


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